
La segunda, la deuda saldada con París y todo eso. Pero no hay mejor que ganar y dejar en la victoria poso de tendencia. De que este título podría ser recordado años más tarde como el de la supremacía de un equipo que disponía un baloncesto atractivo, que plasmaba una superioridad fundamentada en el talento y en un grado de espectáculo físico que, deterministamente, Europa hasta podía necesitar. La reivindicación de las diferentes formas hacia la victoria, pero el atractivo de la que más y mejor ofrece al público. No era una final contra otro estilo. No era el Olympiacos la némesis a la que derrumbar para instaurar un concepto, una idea. Uno no emociona si el otro no le deja, que reza el dicho. Era más una batalla temporal, para que el recuerdo de una época fuese en bello. Especialmente la primera mitad del encuentro es para eso, la búsqueda de una final que marque un año especial en la historia de las Final Four.
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